Descripción
En el extremo oriental de la isla, el paisaje cambia de una manera que sorprende a cualquiera que venga de recorrer el resto de Madeira: en vez del verde intenso y la vegetación subtropical húmeda que domina casi toda la isla, aquí la tierra se vuelve árida, rojiza y casi lunar, un efecto directo de la sombra de lluvia que generan las montañas centrales de la isla y de una composición geológica volcánica distinta al resto del territorio. Esta lengua de tierra, protegida como reserva natural, se puede recorrer por un sendero que bordea acantilados dramáticos sobre el océano, con vistas hacia las Islas Desertas, un pequeño archipiélago deshabitado visible en el horizonte que forma parte del mismo Parque Natural de Madeira. La combinación de colores minerales —rojos, ocres, negros de origen volcánico— contra el azul intenso del Atlántico convirtió a este extremo de la isla en uno de los puntos favoritos de fotógrafos de paisaje, tanto locales como internacionales, precisamente por lo distinto que se ve respecto a la imagen más típica y verde que domina el resto del imaginario turístico de Madeira. Consejos: el sendero completo hasta la punta final toma unas 3 horas ida y vuelta, con tramos sin sombra, así que conviene llevar agua y protección solar; y el viento en esta zona suele ser considerablemente más fuerte que en el resto de la isla.